11 de agosto de 2009

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Recordar II: El Festival

Del 8 al 12 de junio, cumplí con una gran parte de mi lista de promesas como presidente del colegio a través del Festival ExpresARTE, una actividad dedicada (evidentemente) al arte y la expresión. Fotografía y cine, pintura y música, danza y poesía, alumnos y docentes. Todos se unieron bajo una misma bandera con un mismo propósito, demostrar que el arte es una parte integral de nuestro crecimiento como personas.

Después de meses de planeamiento con todo un comité de encargados y la ayuda de mis compañeros de Gobierno Estudiantil, poco a poco vimos como se iban cristalizando los esfuerzos. La emoción, el estrés y la sensación de que olvidábamos detalles importantes abundaban.

Faltaba poco tiempo para la actividad y tuve que alejarme de las canchas un tiempo. Me fui por menos de una semana, ¿qué podía pasar? Todo era bastante claro. Estaba la mayor parte del trabajo previo listo, habíamos tenido decenas de reuniones para establecer todo, estaban los nombres, los números de teléfono y casi todas las especificaciones necesarias para que todo se llevara a cabo sin problemas. Al regresar me encontré con un montón de vacíos que necesitaban un mayor esfuerzo de mi parte por no ser llenados a tiempo. Una vez más, la situación me hizo dudar de cuánto vale la pena delegar y cuánto más hacer las cosas uno mismo, pero hacer esto solo hubiera sido imposible.

¿Corrimos? Sí, yo y otros cuantos. ¿Hubo errores? Por supuesto, incontables e imperceptibles para la mayoría. Pero la actividad salió y fue provechosa. Despertamos la creatividad, la imaginación, la nostalgia y los sueños. Casi todos los participantes disfrutaron de los talleres, presentaciones y demás eventos que preparamos. El concierto recaudó fondos para beneficencia y volvió a ponernos en el mapa como un instituto interesado en las relaciones intercolegiales.

Todo el mundo feliz, yo feliz.

6 de julio de 2009

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Recordar I: El viaje

Con diez mil de los noventa mil casos de gripe porcina reportados, muchos creían que ir a México a principios de mayo era una estupidez, un riesgo sin sentido.

Yo por otro lado, fui. Y la pasé bien.

No iba muy emocionado la verdad. Fue un viaje espontáneo, el 4 me dijeron que me iba y el 7 estaba en el avión. Iba a concursar, pero el puntaje del examen escrito (que hice en Costa Rica el lunes) era muy bajo para ganar. Técnicamente era posible, pero necesitaba de mucha buena suerte para mí y muy mala suerte para mis contrincantes. De todas formas, yo era el único extranjero y los mexicanos reciben una preparación mucho más completa. Mi intención, definitivamente, no era ganar.

No me dejaron escoger a qué casa iba. Aunque tenía familiares y amigos allá, tuve que ir a la casa de un desconocido, que finalmente resultó ser desconocida, ya que la A del principio de su apellido se coló al final de su nombre. Me recibieron muy bien y quedé bastante agradecido con el trato que me dieron, pero no era lo que yo quería. Terminé haciéndome más amigo de la mamá de la casa que de la hija, que era de mi edad. Tomábamos té por las noches y conversabamos como si fueramos conocidos de toda la vida. Pero de vuelta, yo no iba a eso.

Por lo tanto, no iba preocupado por contagiarme de la gripe, ni por el resultado del concurso, si no por cuándo, dónde y cómo iba a ver a mis amigos y a mi familia.

Salí del aeropuerto con una lista de números de teléfono a los que tenía que llamar, pero no tenía de dónde. Después de almorzar con todos los organizadores me prestaron un celular con 100 minutos (que sistema más inútil por cierto, viva el ICE) y gasté el tiempo de mi viaje en el carro haciendo llamadas a todos los conocidos. Tenía que verlos a todos en un par de días y la logística no era fácil, todos tienen su rutina y yo no era parte de ella.

A varios los vi tan solo minutos, con otros pasé jodiendo toda la madrugada y por algunos esperé sentado tres solitarias horas para poder almorzar juntos. Pero esa fue la parte del viaje que valió la pena. Nada de 6to lugar en un concurso internacional, ni conocer la Ciudad de México, ni ver las ruinas del Templo Mayor.

Volver a ver a mis amigos y a mi familia, algunos de ellos después de varios años, fue genial.
El viaje no hubiera tenido sentido sin ellos.

24 de junio de 2009

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Recordar

Es difícil recordar todo lo que he querido escribir y no he escrito en los últimos dos meses y medio, porque con toda la sobrecarga que tuve, se me termina complicando pensar en eventos específicos en lugar de la maraña de momentos.

Para colmos todo se complicó más cuando poco a poco mi computadora murió. Por ratos funcionaba, por ratos no. La última vez que encendió logré sacar casi toda la información necesaria. Ahora vivo desde un disco duro portátil y ella descansa en un closet.

Desde las experiencias más interesantes como mi viaje a México en épocas de pandemia y la organización de un festival de arte que resultó ser mucho más de lo esperado, hasta las aburridas riñas de clase, la exponencial pereza que le estoy teniendo a casi todo lo que hago y los exámenes más influyentes que he tenido que presentar hasta ahora; simplemente no puedo dejar que todo eso quede escondido en el fondo de mi cabeza.

En este rato ha pasado mucho que valía la pena contar y no conté. Decidí que lo voy a contar estos días, que me he quitado varios pesos de los hombros y que lo haré en tres partes.

Una, dedicada a recordar mi viaje.
Una, dedicada a recordar el Festival.
Una, dedicada a recordar mis últimos meses del cole, que se van.

Es hora de regresar.

Avy Faingezicht | 2008-2009

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