Del 8 al 12 de junio, cumplí con una gran parte de mi lista de promesas como presidente del colegio a través del Festival ExpresARTE, una actividad dedicada (evidentemente) al arte y la expresión. Fotografía y cine, pintura y música, danza y poesía, alumnos y docentes. Todos se unieron bajo una misma bandera con un mismo propósito, demostrar que el arte es una parte integral de nuestro crecimiento como personas.
Después de meses de planeamiento con todo un comité de encargados y la ayuda de mis compañeros de Gobierno Estudiantil, poco a poco vimos como se iban cristalizando los esfuerzos. La emoción, el estrés y la sensación de que olvidábamos detalles importantes abundaban.
Faltaba poco tiempo para la actividad y tuve que alejarme de las canchas un tiempo. Me fui por menos de una semana, ¿qué podía pasar? Todo era bastante claro. Estaba la mayor parte del trabajo previo listo, habíamos tenido decenas de reuniones para establecer todo, estaban los nombres, los números de teléfono y casi todas las especificaciones necesarias para que todo se llevara a cabo sin problemas. Al regresar me encontré con un montón de vacíos que necesitaban un mayor esfuerzo de mi parte por no ser llenados a tiempo. Una vez más, la situación me hizo dudar de cuánto vale la pena delegar y cuánto más hacer las cosas uno mismo, pero hacer esto solo hubiera sido imposible.
¿Corrimos? Sí, yo y otros cuantos. ¿Hubo errores? Por supuesto, incontables e imperceptibles para la mayoría. Pero la actividad salió y fue provechosa. Despertamos la creatividad, la imaginación, la nostalgia y los sueños. Casi todos los participantes disfrutaron de los talleres, presentaciones y demás eventos que preparamos. El concierto recaudó fondos para beneficencia y volvió a ponernos en el mapa como un instituto interesado en las relaciones intercolegiales.
Todo el mundo feliz, yo feliz.
Después de meses de planeamiento con todo un comité de encargados y la ayuda de mis compañeros de Gobierno Estudiantil, poco a poco vimos como se iban cristalizando los esfuerzos. La emoción, el estrés y la sensación de que olvidábamos detalles importantes abundaban.
Faltaba poco tiempo para la actividad y tuve que alejarme de las canchas un tiempo. Me fui por menos de una semana, ¿qué podía pasar? Todo era bastante claro. Estaba la mayor parte del trabajo previo listo, habíamos tenido decenas de reuniones para establecer todo, estaban los nombres, los números de teléfono y casi todas las especificaciones necesarias para que todo se llevara a cabo sin problemas. Al regresar me encontré con un montón de vacíos que necesitaban un mayor esfuerzo de mi parte por no ser llenados a tiempo. Una vez más, la situación me hizo dudar de cuánto vale la pena delegar y cuánto más hacer las cosas uno mismo, pero hacer esto solo hubiera sido imposible.
¿Corrimos? Sí, yo y otros cuantos. ¿Hubo errores? Por supuesto, incontables e imperceptibles para la mayoría. Pero la actividad salió y fue provechosa. Despertamos la creatividad, la imaginación, la nostalgia y los sueños. Casi todos los participantes disfrutaron de los talleres, presentaciones y demás eventos que preparamos. El concierto recaudó fondos para beneficencia y volvió a ponernos en el mapa como un instituto interesado en las relaciones intercolegiales.
Todo el mundo feliz, yo feliz.







