Con diez mil de los noventa mil casos de gripe porcina reportados, muchos creían que ir a México a principios de mayo era una estupidez, un riesgo sin sentido.
Yo por otro lado, fui. Y la pasé bien.
No iba muy emocionado la verdad. Fue un viaje espontáneo, el 4 me dijeron que me iba y el 7 estaba en el avión. Iba a concursar, pero el puntaje del examen escrito (que hice en Costa Rica el lunes) era muy bajo para ganar. Técnicamente era posible, pero necesitaba de mucha buena suerte para mí y muy mala suerte para mis contrincantes. De todas formas, yo era el único extranjero y los mexicanos reciben una preparación mucho más completa. Mi intención, definitivamente, no era ganar.
No me dejaron escoger a qué casa iba. Aunque tenía familiares y amigos allá, tuve que ir a la casa de un desconocido, que finalmente resultó ser desconocida, ya que la A del principio de su apellido se coló al final de su nombre. Me recibieron muy bien y quedé bastante agradecido con el trato que me dieron, pero no era lo que yo quería. Terminé haciéndome más amigo de la mamá de la casa que de la hija, que era de mi edad. Tomábamos té por las noches y conversabamos como si fueramos conocidos de toda la vida. Pero de vuelta, yo no iba a eso.
Por lo tanto, no iba preocupado por contagiarme de la gripe, ni por el resultado del concurso, si no por cuándo, dónde y cómo iba a ver a mis amigos y a mi familia.
Salí del aeropuerto con una lista de números de teléfono a los que tenía que llamar, pero no tenía de dónde. Después de almorzar con todos los organizadores me prestaron un celular con 100 minutos (que sistema más inútil por cierto, viva el ICE) y gasté el tiempo de mi viaje en el carro haciendo llamadas a todos los conocidos. Tenía que verlos a todos en un par de días y la logística no era fácil, todos tienen su rutina y yo no era parte de ella.
A varios los vi tan solo minutos, con otros pasé jodiendo toda la madrugada y por algunos esperé sentado tres solitarias horas para poder almorzar juntos. Pero esa fue la parte del viaje que valió la pena. Nada de 6to lugar en un concurso internacional, ni conocer la Ciudad de México, ni ver las ruinas del Templo Mayor.
Volver a ver a mis amigos y a mi familia, algunos de ellos después de varios años, fue genial.
El viaje no hubiera tenido sentido sin ellos.
Yo por otro lado, fui. Y la pasé bien.
No iba muy emocionado la verdad. Fue un viaje espontáneo, el 4 me dijeron que me iba y el 7 estaba en el avión. Iba a concursar, pero el puntaje del examen escrito (que hice en Costa Rica el lunes) era muy bajo para ganar. Técnicamente era posible, pero necesitaba de mucha buena suerte para mí y muy mala suerte para mis contrincantes. De todas formas, yo era el único extranjero y los mexicanos reciben una preparación mucho más completa. Mi intención, definitivamente, no era ganar.
No me dejaron escoger a qué casa iba. Aunque tenía familiares y amigos allá, tuve que ir a la casa de un desconocido, que finalmente resultó ser desconocida, ya que la A del principio de su apellido se coló al final de su nombre. Me recibieron muy bien y quedé bastante agradecido con el trato que me dieron, pero no era lo que yo quería. Terminé haciéndome más amigo de la mamá de la casa que de la hija, que era de mi edad. Tomábamos té por las noches y conversabamos como si fueramos conocidos de toda la vida. Pero de vuelta, yo no iba a eso.
Por lo tanto, no iba preocupado por contagiarme de la gripe, ni por el resultado del concurso, si no por cuándo, dónde y cómo iba a ver a mis amigos y a mi familia.
Salí del aeropuerto con una lista de números de teléfono a los que tenía que llamar, pero no tenía de dónde. Después de almorzar con todos los organizadores me prestaron un celular con 100 minutos (que sistema más inútil por cierto, viva el ICE) y gasté el tiempo de mi viaje en el carro haciendo llamadas a todos los conocidos. Tenía que verlos a todos en un par de días y la logística no era fácil, todos tienen su rutina y yo no era parte de ella.
A varios los vi tan solo minutos, con otros pasé jodiendo toda la madrugada y por algunos esperé sentado tres solitarias horas para poder almorzar juntos. Pero esa fue la parte del viaje que valió la pena. Nada de 6to lugar en un concurso internacional, ni conocer la Ciudad de México, ni ver las ruinas del Templo Mayor.
Volver a ver a mis amigos y a mi familia, algunos de ellos después de varios años, fue genial.
El viaje no hubiera tenido sentido sin ellos.








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